La violencia genera violencia

El ataque a la sede del PP en Madrid era predecible para quien hubiese querido ver. Y con esto quiero decir ver cine español. Porque el cine no sólo es entretenimiento: es un medio de expresión de la sociedad. Uno, en teoría, libre e independiente. Y la rabia bulle en él.

Trato preferente

Trato preferente

Llevaba varias semanas dándole vueltas a este artículo, pero la actualidad y la realidad, como casi siempre, nos alcanzan antes de lo que esperamos. Daniel Pérez Berlanga ha sido detenido por empotrar un coche contra el edificio de la sede del Partido Popular en la calle Génova de Madrid el 19 de diciembre. Lo ha hecho con la intención de hacer estallar el material explosivo que portaba y castigar a unos políticos a los que culpaba de su ruina. Una persona que previamente había estado ingresada en un centro psiquiátrico, sí. Pero frente a la indignación de la clase política destaca la reacción social, que en el mejor de los casos ha sido indiferente, cuando no de simpatía hacia el agresor. Estos sentimientos se han ido fraguando poco a poco, y ha habido señales notorias para quien quisiera ver.

Y para ver basta con acudir a una sala de cine. Algo tan común y corriente como eso. Incluso con leer la cartelera o tener un mínimo interés por la cultura, algo no muy habitual entre nuestros políticos. El nivel de desesperanza, de desgarro, de rabia y de violencia que la crisis ha cosechado en el cine español ha alcanzado a géneros tan variopintos como la comedia del esperpento, el drama, el terror e incluso la ciencia ficción.

Justi&Cia

Justi&Cia

Conocidos son los largometrajes como Justi&Cia, de Ignacio Estaregui, cuya producción tuvo una gran repercusión en los medios de comunicación. O el despropósito Murieron por encima de sus posibilidades, una orgía de sangre más cercana al gore. Pero, también y sobre todo, los cortometrajes, esa dimensión del cine menos conocida pero llena de relatos experimentales y autores con muchas ganas de contar sus ilusiones y desilusiones vitales, aquéllas que suelen estar más apegadas al sentir de la calle.

En Trato preferente Carlos Polo nos muestra a una simpática anciana, una entrañable abuelita que, batidora en mano, destripa a un empleado de banca al sentirse estafada. Absolutamente personal, de Julián Merino, narra cómo una joven resuelve la ecuación de su injusto despido empleando un radiante extintor rojo como ornamento para el cráneo de su jefe. Y más curioso que los argumentos en sí es que ambos están contados en clave cómica con aplauso incluido. Sí, porque los espectadores nos sentimos cómplices del protagonista, en tanto que es imposible no identificarse con la víctima que, por fin y de una vez por todas, se rebela para restablecer la justicia. Por muy tremenda que sea su manera de hacerlo.

La lista de títulos es larga: el drama de Sin respuesta, de Miguel Parra, la denuncia social en la ciencia ficción de Flexibility, de Remedios Crespo; la esperpéntica Firme usted aquí, de Rodrigo Zarza; Pan-demia, firmada por Rubén Sainz… Y no nos podemos olvidar de las coproducciones. De esa grandísima Relatos salvajes, cine con mayúsculas venido de Argentina con la participación de la productora española El Deseo. Dentro de esos relatos salvajes y violentos encontramos una con cierto parecido al suceso de la madrileña calle Génova: ¿será Daniel Pérez Berlanga una versión desequilibrada y menos afortunada del «bombita» argentino?

Relatos salvajes

Relatos salvajes

Cabe la posibilidad de que alguna testa encumbrada de la política, bien por estupidez o por maledicencia, acuse al cine de incitar al delito, al crimen. Nada más lejos. Todo el metraje citado y más aún que no cabe en un solo artículo lo que hace es prevenir. Es un síntoma del malestar que aqueja a nuestro país. Un país no como concepto abstracto, sino formado por personas con nombres y apellidos, con experiencias personales que los arrastran a la amarga sensación de que han sido agredidos por unos dirigentes que consideran ineptos o insensibles. El cine lo hacen esas personas. Ese cine que nuestro Gobierno ha criticado, acusándolo de poca calidad. Ese cine que ha tratado de acallar de diversas maneras y al cual va recortando y asfixiando en una miseria económica, cuando no lo desprestigia sin pudor. Ese cine que les ha avisado, pero que ellos no han querido ver.

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